Egoísmo o solidaridad: Disyuntiva ética inevitable

Marcelo Ramírez Ramírez

Imagino la solidaridad como una especie de ángel bienhechor, surgido de pronto, sin que sepamos de dónde, para auxiliar con mano cálida y firme a las víctimas de la fatalidad. Este ángel despliega un trabajo formidable: se multiplica, acude a todas partes; recupera niños de la corriente vertiginosa de agua; salva ancianos de las lenguas de fuego; remueve escombros y pone a las víctimas bajo el cuidado del servicio médico; realiza en fin su obra, restando parte considerable de sus efectos a la furia ciega de la naturaleza. Después, desaparece misteriosamente dejándonos la sombra de su presencia. ¡La solidaridad ha desaparecido!; quisiéramos conservarla a nuestro lado pero no sabemos que hacer para conseguirlo, para contar con ella en este tiempo en que tanta falta nos hace.

Por qué es importante hoy la solidaridad

La solidaridad apenas ha merecido atención en el pensamiento ético por su modestia, porque carece del prestigio de la justicia, la igualdad o la paz. Pese a ello, estamos urgidos de darle un sitio en nuestras vidas ante la amenaza creciente de los desastres naturales y para enfrentar las estructuras de injusticia que asfixian a los seres humanos. La solidaridad pertenece por derecho propio a la ética civil, que permite la coincidencia de los individuos en valores básicos, sin verse obligados a compartir una determinada visión de la realidad. La ética civil es una solución ingeniosa para eludir la confrontación entre quienes han optado por un compromiso de tipo religioso o ideológico y cuyos elevados principios, considerados en abstracto, no son negociables. En el plano del los problemas cotidianos, en cambio, el acuerdo es posible si hay buena voluntad para hallar soluciones. Este sería el caso de la solidaridad, al no estar condicionada por premisas ideológicas o religiosas. La simpatía hacia los pobres expuestos en sus vidas y pertenencias, de manera que la inseguridad es para ellos la constante y no la excepción, no parece, sin embargo, suficiente para compensar el poder del egoísmo, adoptado como principio supremo del pensamiento liberal, hoy renovado con el nombre de neoliberalismo. Justamente el individuo se considera tal, porque se concibe a si mismo como un ente aislado, autosuficiente y autónomo. Cree que su objetivo en la vida es triunfar, en una lucha en la cual el éxito justifica la acción. Max Stirner (1806-1856) fue el primero en proclamar el advenimiento del individuo, con la actitud de quien celebra una gran victoria: el individuo arrojado a la orfandad, porque carece de un lugar propio en un universo infinito y cuya existencia es absurda, porque la historia no va a ninguna parte, parece representar la oportunidad para el nacimiento de un nuevo humanismo, más aún, del verdadero humanismo, centrado exclusivamente en el hombre, que, por no ser nada, o por ser nada, puede serlo todo. El hombre, a fin de cuentas, es una emergencia insólita de la naturaleza, el animal inacabado de Nietzsche, con la misión de hacer -¿cómo?- que de sí mismo cobre forma el hombre nuevo, el verdadero hombre de instintos puros y nobles, dueño de su destino.

En adelante, permeando los diversos estratos sociales se impondrá la ideología del más apto, impregnada de materialismo y desdén por los asuntos del espíritu. Así, la construcción de la ética civil se presenta demasiado complicada, por la simple razón de que los valores últimos a que dicha ética puede apelar: la Humanidad, la Patria, la Nación, la Justicia, la Democracia o cualquier otro sucedáneo del bien trascendente, carecen de la fuerza suficiente para inspirar a los hombres un compromiso genuino con relación a sus semejantes. Con todo, quizá sea necesario insistir en la solidaridad, ubicándola en la perspectiva más ambiciosa de repensar nuestra condición humana eludiendo los estrechos cauces del naturalismo y el materialismo escéptico. Se trata de superar la presunción de que lo bueno y lo malo, lo que debemos hacer y lo que no debemos hacer, dependen enteramente de las costumbres nacidas como respuestas que se consolidan y cristalizan en hábitos mentales y que mantienen su vigencia hasta el momento en que se hace necesario cambiarlas por otras más acordes con nuevas circunstancias históricas. Lo primero es fomentar la solidaridad por todos los medios posibles y convertirla en objetivo esencial de la educación ciudadana, con el claro objetivo de preparar a las personas para el auxilio mutuo en momentos de apuro colectivo y favorecer la convivencia armónica de pueblos y culturas diferentes.

La solidaridad es más generosa que la tolerancia, pues la acción a que nos convoca ni siquiera considera cosas tales como el color de la piel, la religión, la etnia o la simpatía política de aquellos a quienes el acto solidario favorece. A diferencia de la magnanimidad de indudable corte aristocrático, pues es don de hombres excepcionales, podría decirse que la solidaridad nos pertenece a todos, simplemente por ser hombres y hasta sería fácil demostrar que es virtud natural del pueblo, porque en él se manifiesta cuando se hace necesario, sin exhortos ni recomendaciones; sin esperar gloria o reconocimiento.

La solidaridad comparte rasgos comunes con diversos valores. A veces la coincidencia es real y otras aparente, según veremos enseguida. Si la observamos de cerca estaremos en condiciones de conocer mejor su rostro, humanamente conmovedor. Este acercamiento ha de responder al objetivo de comprender qué sucede en nosotros, cómo se presenta y a qué obedece este fenómeno insólito. ¿Qué nos impulsa a ser solidarios? Determinado nuestro propósito en estos términos, quedamos obligados a mantener la mirada atenta, para que el fenómeno, liberado de aquello que no le pertenece por esencia, se vaya decantando y, al final, podamos contemplar en su verdad escueta y noble, envuelta, no obstante, en cierta aura de misterio, porque según avancemos, nos iremos percatando de que la solidaridad como todo valor, irrumpe en la banalidad del mundo, insertándolo en la dinámica propia del espíritu, donde la acción es creadora de algo nuevo, no derivado de la causa por necesidad fatal. Las desgracias ciertamente no son la causa de la solidaridad, sino sólo la ocasión para que ésta se manifieste; pueden muy bien presentarse aquéllas y encontrar como única respuesta la indiferencia.

La solidaridad es privativa de los seres humanos

Existen multitud de ejemplos del afecto desarrollado por los animales hacia las personas. Esos testimonios son un mentís a la idea de que los impulsos más nobles se limitan a nuestra especie, reservando a los animales las infalibles pero automáticas y siempre predeterminadas reacciones del instinto. Recuerdo un caso del que fui testigo en mi tierra natal hace muchos años. Una mujer joven iba por la calle con un niño de aproximadamente tres años de edad tomado de su mano. Saltando en torno a ellos, los acompañaba un perro pequeño, negro con manchas blancas que festejaba la mañana soleada con piruetas festivas. En eso, en dirección opuesta apareció un doberman de apariencia fiera qué, al divisar a madre e hijo se dirigió hacia ellos en actitud amenazadora. El objetivo sin duda era el niño, pues, clavándole la mirada corrió directamente hacia él para saltarle encima. Madre e hijo quedaron paralizados con un gesto de asombro y terror en sus rostros; pero mientras tanto, el perro pachón, como una saeta, fue al encuentro del doberman ladrando en tal forma y lanzando tantas dentelladas a la bestia, que ésta, sorprendida, se detuvo en seco y, cambiando de rumbo continuó su alocada carrera. Todo esto pasó, como se dice, en un abrir y cerrar de ojos, causándome una profunda impresión. ¿Qué fue lo que se dio, precisamente, en ese evento? El perrito se arriesgó para salvar al niño; iba a decir a su amo, pero no, la expresión resultaría inapropiada, el niño era algo diferente a un amo, alguien por quien nuestro pequeño héroe había desarrollado un afecto muy grande, tanto, que viéndolo indefenso lo salvó de un grave peligro. Podría decirse, en forma metafórica, que aquí el pequeño perro fue solidario con el niño, pero la metáfora es débil porque, según hemos visto, hubo algo más profundo. El amor, la gratitud, la lealtad, se parecen externamente a la solidaridad, pero sólo se trata de un parecido. El amor, sobretodo, es incondicional y desinteresado, pues únicamente persigue el bien del ser amado. El mejor ejemplo sin duda, es el amor materno capaz de llegar al sacrificio si las circunstancias lo requieren. El bello relato bíblico sobre la sabiduría del rey Salomón nos ilustra al respecto: ante el rey fueron llevadas dos mujeres que se disputaban un niño; ambas alegaban ser la madre verdadera y la otra una impostora. Salomón ordenó partir al niño en dos para darle a cada una la mitad. De inmediato, sobrecogida de espanto ante la atroz solución, una de ellas renunció a su derecho, dando a Salomón el indicio de quien decía la verdad. Así, vemos en el amor y en la solidaridad dos formas de solicitud diferentes; ambas son incondicionales, pero la primera lo es de manera absoluta y radical. Queda la duda, empero, si la distinción es tan real como parece. Aventuramos la hipótesis de que sólo en una época de descreimiento total como la nuestra, puede imaginarse una solidaridad fincada en la simpatía hacia los desposeídos, entendida en el sentido más superficial de la palabra. Es cierto, las desgracias de nuestros semejantes podrían ser las nuestras y eso motivaría nuestro deseo de ayudar, pero, ¿cómo entender esa identificación que en un momento dado se nos impone y nos hace actuar saltando las barreras del egoísmo habitual? De cualquier manera, subsiste una diferencia fundamental: el amor es siempre personal, es para alguien que se conoce en su singularidad y a quien, por ello, se le ve como un valor único e inapreciable. La solidaridad, en cambio, es para cualquiera, cuando se nos revela como el ser en desgracia que nos pide o, dicho con mayor exactitud, nos demanda auxilio. Cuando decimos ser en desgracia, quedan incluidos los animales, a los que extendemos nuestra solicitud, mezcla de lástima y solidaridad. El caso más común es el del perro abandonado por su dueño; si no se le rescata su fin será la muerte. Alguien, dotado de sensibilidad franciscana, extendería su solicitud a los insectos y a las plantas, en cuyo caso, nos asomamos ya al ámbito de los místicos que intuyen la vida universal presente en todas las criaturas.

La Caridad

La caridad nace como una expresión del amor cristiano y, por tanto, no pudo darse nada semejante en el mundo pagano. A Pablo de Tarso correspondió el mérito de desarrollar el concepto, dándole el lugar central que desde entonces ocupa en la ética cristiana. La ética paulina ya no prepara al hombre para la vida en la polis, como sucedía con la ética clásica, es decir, ya no sirve a la política sino a la religión, porque su objetivo es salvar al hombre para la vida eterna. Así, la caridad da sentido a la ética del bien honesto, diferente -explica Maritain-, a la búsqueda de la felicidad de la ética griega. En la óptica cristiana, la vida humana alcanza su perfección y consumación en el Bien último representado por Dios. De esta concepción sobrenatural del fin último del hombre, se desprende el mandato de la caridad para quienes son hermanos en Cristo. Pero esto significa, así mismo, que la solicitud hacia los demás que impone la caridad, no puede exigirse a los no cristianos, en tanto éstos no comparten la creencia en Cristo.

Fraternidad y Camaradería

La versión laica de la caridad es la fraternidad, proclamada por la Revolución francesa, junto con la libertad e igualdad, como la trilogía de valores supremos a que estaba llamado el mundo moderno una vez alcanzada la mayoría de edad, en la cual es innecesaria la mediación de supuestos intérpretes de la voluntad divina. Se trata de una trasposición, al orden laico, de un valor sustentado en la teología; si se prefiere, se trata de la secularización de la caridad. Es curioso observar que la fraternidad también alude a hermandad, sólo que esta vez, la identidad no es inherente a los individuos, en razón de su esencia, sino adquirida por su condición de ciudadanos de la república. La fraternidad se da entre iguales, pues no hay súbditos, ni siervos, ni hombres dependientes de otros hombres, ya que en el nuevo orden social todos los ciudadanos son iguales ante la ley. Nuevamente, el ideal político adquiere preeminencia, pero lo hace, no conviviendo con los dioses como en el mundo pagano, sino enviándolos al “basurero de la historia”, en calidad de reliquias de épocas oscurantistas. En las primeras etapas de este proceso de liberación del poder de la teología, los valores de la fraternidad, la igualdad y la libertad, parecían suficientes para crear un orden ideal de convivencia, por su acuerdo con una realidad humana confinada a la doble inmanencia de la naturaleza y la historia. En ellas, asumiendo esta doble inmanencia, se pensó que podía escribirse el destino superior del hombre y recayendo exclusivamente en él la responsabilidad de conseguirlo.

En esta forma quedaron establecidos los supuestos filosóficos del proyecto de los ilustrados, un proyecto al que hoy se le reprochan las promesas incumplidas, vistas como “sueños de la razón”. Aquí es preciso preguntarse cómo se puede culpar a la razón, cuyos logros son indiscutibles dentro de su ámbito propio, de no darnos aquello que se encuentra fuera de su alcance, como es la felicidad o la respuesta inequívoca a las preguntas últimas de la existencia. La razón actúa conforme a su naturaleza verdadera cuando reconoce sus límites según lo vio Jaspers, si no lo hace así, es porque ha sido envenenada con el impulso fáustico de poder ilimitado. En lo tocante a la fraternidad, sin duda no ha bastado para darle cohesión a la sociedad moderna, cuyo verdadero principio rector es la competencia en su expresión Darwinista: los más aptos están llamados a prevalecer. Resumiendo, si la caridad padece la restricción derivada de su pertenencia a la cosmovisión cristiana, la fraternidad, en cambio, padece la restricción de su pertenencia a una ideología impotente para provocar una respuesta efectiva contra la injusticia. La fraternidad no podría, por tanto, ocupar el lugar de la solidaridad de que estamos urgidos. Menos todavía puede esperarse una respuesta positiva de otro valor parecido a la fraternidad; nos referimos a la camaradería, que vincula con lazos estrechos a los miembros de un partido, una secta o una asociación creada con propósitos que no siempre pueden hacerse públicos porque provocarían el rechazo social. Los camaradas tienen una causa común; se identifican en torno a los objetivos impuestos por la causa que sostienen frente a los que no la comparten o se oponen a ella. La unión de los camaradas alcanza unidad de choque frente al adversario al que deben eliminar. Es, por tanto, unidad, ante y contra los que no son camaradas. La camaradería integra a los suyos, excluyendo a los de fuera; las ceremonias, los ritos compartidos y hasta los juegos y diversiones, apuntan al objetivo de fortalecer la cohesión interna; el simbolismo completa el conjunto de elementos que dan al grupo el sentido prometeico de su misión. Camaradería y solidaridad, se ubican en niveles diferentes de eticidad.

La compasión

La compasión tiene también una connotación religiosa, pero más fácil de asimilar por cualquier persona dispuesta a compartir la experiencia fundamental en que descansa este sentimiento. La compasión, en efecto, nos pone cara a cara con lo primario de la existencia, con su fragilidad ante las amenazas del exterior, con la imposibilidad de eliminar o siquiera prevenir las contingencias. La compasión es reconocimiento de una condición humana compartida por todos. El budismo que la proclama como la virtud más grande, parte de una experiencia a la que todos tenemos acceso y es imposible ignorar: los seres humanos envejecemos y finalmente morimos. Pero esto que en si mismo pone al descubierto el mal de la mortalidad, inherente a todo ser vivo, no es todo; mientras dura, la vida es un constante estar expuestos a las mas variadas agresiones: enfermedades, violencia física y moral, pobreza, desastres naturales…. La vida requiere de un mínimo de condiciones favorables para garantizar su relativa permanencia y, como vida humana, para alcanzar en cada individuo logros superiores, ya sea en el arte, la ciencia o los modos de la vida filosófica o religiosa. Por ello la compasión es una especie de empatía total con las víctimas del infortunio y, como el budismo la explica, por el hecho universal de la fragilidad humana (y de toda forma de existencia condicionada). Es, quizá, el sentimiento que mayor cercanía guarda con la solidaridad. Sugerimos que entre ésta, considerada en el contexto laico de la cultura moderna y la compasión, con su carga religiosa, pero volcada enteramente a la experiencia del dolor hay una honda afinidad, porque la solidaridad también es una respuesta a la condición ontológica del hombre, verificada cada vez que las desgracias irrumpen en nuestras vidas. Si la solidaridad brota de esta fuente interior, la pregunta obligada es: ¿qué se puede hacer para que la fuente no quede definitivamente cegada por el egoísmo, extendido como cáncer maligno, por todo el organismo social? Con este planteamiento ubicamos el problema en el terreno de la acción pedagógica, recordando que la tarea esencial de la pedagogía es, antes que formar hombres para tales o cuales funciones utilitarias, la de formar el carácter, construir el ethos gracias al cual cada hombre en particular y cada época, alcanzan la más acabada expresión de su humanidad. Ese ethos deberá ser adecuado a los hombres de hoy, a efecto de hacerlos aptos para dirigir el enorme potencial que representan la ciencia y la tecnología. Aquí, el riesgo es hablar de un ethos forjado exclusivamente por la interiorización de valores que elevarían la conciencia del hombre, al margen de las condiciones objetivas de la vida social, lo cual equivale a incurrir en un error imperdonable. La teoría crítica ha insistido en la importancia decisiva de las condiciones materiales de existencia, en el modo de pensar de los individuos, en las aspiraciones, expectativas y valores que determinan su conducta. Se impone, por lo mismo, la necesidad de modificar sustancialmente la orientación del sistema hacia un modelo más justo de convivencia, con lo cual cobra nuevamente relevancia la política en su doble dimensión de ciencia y arte. La primera, para el análisis y solución teórica de la compleja problemática implicada en la construcción de un orden social viable; la segunda, para la negociación de los conflictos, bajo el principio de la legitimidad de todos los intereses, contemplados bajo la óptica de su conveniencia para el bien superior o bien común. La política, por su misma naturaleza, no puede ofrecer resultados definitivos, sus logros además de provisionales, están amenazados por el retroceso. A estas limitaciones debe añadirse que la política puede emplearse y de hecho se emplea más de lo que sería deseable, para fines opuestos a los que declaran públicamente los políticos. A pesar de tales inconvenientes, no hay nada, fuera de la política que pudiera sustituirla en su tarea. O, ¿sería tal vez la violencia revolucionaria? También ella se ha mostrado impotente para cumplir la promesa de instaurar un orden ideal y con mayor razón, porque la promesa de la revolución es la de cambiarlo todo totalmente de una vez y para siempre. La opción revolucionaria mantiene su validez únicamente para aquellos que comparten el ideal secularizado de un mundo perfecto edificado con medios y recursos que llevan la marca de la imperfección humana. Sea lo que fuere, la violencia está a la espera, como ultima salida ante la desesperación y esa posibilidad debería ser suficiente para darle a la política la seriedad indispensable que de ella se espera. Lo serio de la política queda en manos exclusivamente de los políticos; es en este punto, en el que se hace presente la importancia de la libertad personal: más allá de los determinismos de la economía y los obstáculos que representan los intereses de grupo, permanece inconmovible la verdad de que en la decisión libre radica la esperanza del cambio. Dentro de márgenes más o menos amplios o estrechos, la política cumple su cometido; en política, la libertad actúa en una realidad que le resiste y, justamente por eso, se impone al político el deber de llevarla al límite de lo posible. Frente a la clase política ha de considerarse el papel de la ciudadanía a la cual corresponderá, conforme la democracia madure, más campo de acción y, por lo tanto, mayor responsabilidad.

Por más que una sociedad avance, siempre habrá zonas irreductibles a la eficacia de la política, por la índole o magnitud de los problemas. Razonablemente podemos considerar que la existencia de los seres humanos permanecerá bajo la amenaza de las contingencias, tanto en el plano individual cuanto en el colectivo. La previsión en ambos casos, escapa al cálculo racional de las políticas públicas, pues las variables a considerar son prácticamente infinitas. En última instancia, topamos aquí con el problema del mal que nos acosa sin que haya fórmula para conjurarlo; ni magia ni ciencia han podido eliminar el mal. En este mundo desdichado es donde la solidaridad es inapreciable; ella representa la última esperanza de contar con un asidero cuando el infortunio se hace presente. La solidaridad es lo que queda cuando los cálculos han revelado sus limitaciones; su acción espontanea garantiza la existencia de una reserva no cuantificable de energía para resistir a la desgracia en los momentos de peligro. La solidaridad es el único factor que puede compensar nuestra fragilidad e indigencia.