Marcelo Ramírez Ramírez
Conocí al maestro Ezequiel Ventura Frías hace más de diez años, gracias a nuestros encuentros en los actos de fin de cursos del Centro Regional de Educación Superior Paulo Freire en el que ambos colaboramos. En uno de esos eventos en la ciudad de Tantoyuca, platiqué con el maestro Ezequiel sobre la importancia de la cultura huasteca y de los elementos que la identifican, entre los que destaca la riqueza de su herbolaria, mantenida celosamente de generación en generación por los chamanes. Lamentablemente, se quejaba mi interlocutor, estos personajes, admirables por su sabiduría, eran estigmatizados por una parte de la población cada día más grande, debido a los prejuicios difundidos por la ideología cientista del mundo moderno, tan a modo para los intereses de las grandes farmacéuticas. Llegados a este punto la conversación dio un giro más personal y el maestro Ezequiel me confío que él mismo había sido formado por el chamán Agustín Luciano Hernández para ejercer el oficio de curandero, misión que hasta ese momento no se decidía a asumir con todas sus consecuencias. Un episodio temprano en la vida de nuestro autor, siendo todavía un niño, explica la tarea a la que estaba predestinado. Como resultado de un accidente, quedó seriamente lesionado de una pierna; sin recursos para llevarlo con el médico, su madre acudió a Don Agustín Luciano Hernández, conocido chamán del pueblo buscando solución al problema. Algo debió ver Don Luciano en el niño, pues accedió a curarlo sin retribución económica, solicitando a cambio que lo dejaran a su cuidado en calidad de aprendiz. A la madre le pareció buena la propuesta, iniciando Ezequiel una nueva vida junto al chamán y éste empezó a transmitirle los secretos de las plantas que él a su vez, había recibido de otro maestro. El aprendizaje consistía en una estimulante combinación del saber y su aplicación práctica. Por el relato entendí, en parte al menos, cómo el sutil hilo de la tradición se ha mantenido en el curso del tiempo, gracias al esfuerzo de esos personajes conocidos como chamanes, rodeados de un aura misteriosa que da lugar a malentendidos e ideas fantasiosas acerca de sus “poderes”.
El conocimiento de los chamanes acrecentado con el paso del tiempo, no puede entenderse aisladamente, pues para las culturas prehispánicas el ser humano forma parte de la naturaleza, es hijo de la madre tierra con la que debe vivir en armonía y a la que debe cuidar. La naturaleza concebida como unidad viviente, regida por principios inmutables, determina la idea del hombre como un ser en el que esos principios actúan a través de las energías curativas de las plantas. Toda enfermedad –me explicaba el maestro Ezequiel-, refleja un desequilibrio y la cura consiste en restablecer el equilibrio perdido, eliminando los elementos agresivos que afectan a las personas. El poder sanador de las plantas ayuda a combatir esos elementos nocivos, usado de manera conveniente, es decir, en las dosis adecuadas, por períodos establecidos por el médico tradicional conforme a la índole y gravedad de la enfermedad. ¿Por qué la gente se resiste a reconocer la virtud medicinal de las plantas, si de ellas obtienen los laboratorios la materia prima de la medicina moderna? A mi interlocutor esta actitud le parecía absurda y no le veía otra explicación que la del prejuicio, que concede la superioridad al conocimiento de la ciencia positiva sobre la sabiduría ancestral, aunque ésta pruebe en la práctica su eficacia para curar enfermedades, incluidas algunas consideradas mortales como el cáncer, la sífilis y el VIH. Todavía en la época de nuestras primeras platicas, el maestro Ezequiel me confesaba sus dudas para darse a conocer abiertamente en su papel de depositario de un conocimiento del que, por otra parte, se sentía orgulloso. Me dejó la impresión, sin embargo, de que pronto vencería esa resistencia, integrando a su tarea docente en las que destaca por su capacidad crítica y vocación humanista, la relevante misión de preservar y difundir las bondades de la herbolaria de la Huasteca, como alternativa a la medicina moderna, en un mundo necesitado de rescatar los remedios ancestrales para enfrentar las dolencias que dañan el cuerpo y las que afectan el equilibrio emocional. En efecto, la presente obra representa un parteaguas en la vida del autor. Liberado de obstáculos para manifestarse, el saber recibido y verificado por propia experiencia, tomará forma en nuevas aportaciones que el maestro Ezequiel nos ha anticipado con entusiasmo.
En la Introducción a La Herbolaria Huasteca. Plantas sagradas, el autor explica el lugar de la herbolaria en el contexto de las culturas de Mesoamérica, subrayando el enfoque místico de la enfermedad, el cual difiere radicalmente de la óptica parcial de la medicina moderna, que ataca exclusivamente los efectos del mal e ignora sus causas profundas. A esta falla teórica agrega el autor la actitud de ver al enfermo como proveedor de ganancias económicas, con total ausencia de compromiso ético del médico con su salud. El juramento hipocrático ha quedado sepultado en la Ciénega del mercantilismo.
En la Introducción a su obra, el maestro Ezequiel también informa a los lectores del papel desempeñado por la herbolaria en los pueblos de Mesoamérica, tal como puede constatarse por los códices que milagrosamente se salvaron de las hogueras encendidas por el celo fanático de algunos frailes españoles; apenas podemos imaginar cuánto conocimiento se perdió en esos actos barbaros. Con trabajo paciente es posible salvar con ayuda de la tradición oral, aún viva en algunas regiones del país, parte sustancial de la herencia de los ancestros, tal como propone y lleva a cabo el maestro Ezequiel Ventura Frías con incansable dedicación; asimismo él advierte un cambio de actitud con respecto a la valoración social de la herbolaria, según se ve por el interés de la UNAM en la medicina tradicional, incluida no hace mucho en los planes de estudio a contracorriente de la tendencia hasta hoy preponderante, de considerarla un vestigio de prácticas supersticiosas. Coincido con el autor y, como muchos mexicanos, espero el renacimiento de México impulsado por el espíritu de nuestras tradiciones; espíritu actuante como germen de vida, a pesar de los atentados sufridos hasta nuestro pasado más reciente. Será tarea de la escuela mexicana dar a la multiculturalidad el dinamismo enriquecedor que culmine en la síntesis de la cultura nacional, tal como lo planteó, entre otros, José Vasconcelos con su tesis del mestizaje. La cultura del mundo unificado será por necesidad una cultura única en sus rasgos comunes, conservando los componentes que otorgan identidad a los pueblos, a fin de evitar el riesgo de la homogeneidad abstracta de un mundo gris.
El libro Herbolaria Huasteca. Plantas sagradas, representa la culminación de un largo peregrinaje interior del maestro Ezequiel, con el triunfo definitivo del valor de su identidad huasteca; para la sociedad, significa la reapropiación consciente de un acervo de conocimientos invaluables para la salud, al cual acudir cuando las circunstancias lo requieran.
Agradezco al autor su invitación para acompañarlo con este prólogo; confío en que su obra prestará el noble servicio para el que fue concebida como parte esencial de su proyecto de vida.
Primavera 2023
